Nadia Boulanger

He aquí una selección que quiere ser una invitación a saborear las páginas del libro de Bruno Monsaingeon: «Mademoiselle». Conversaciones con Nadia Boulanger  (Acantilado, 2018). Leemos en  la contracubierta: «Pianista, directora de orquesta, mentora de Stravinski y maestra, durante sus casi setenta años de carrera, Nadia Boulanger (1887-1979) formó a un buen número de notables compositores, directores e intérpretes del siglo XX, desde Gardiner, Markévich, Barenboim, Glass, Bernstein o Menuhin hasta Piazzolla o Quincy Jones. […] A partir de los materiales reunidos durante las conversaciones con Boulanger en sus últimos seis años de vida, Monsaingeon recopila y ordena las entrevistas para recrear la voz y evocar la presencia de la gran maestra de maestros. Un conmovedor homenaje a una figura admirable, sumamente influyente por sus indiscutibles dotes musicales y por su inolvidable magisterio.»

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El enorme privilegio de enseñar consiste en incitar a quien se enseña a mirar abiertamente lo que piensa, a decir abiertamente lo que quiere y a oír claramente lo que oye. Ello requiere un entrenamiento muy amplio de la vida: el conocimiento de las palabras. […] En música, tengo todos los límites del mundo, soy consciente de todo lo que no sé, pero me muevo en terreno firme porque se me indujo, se me ayudó y se me permitió oír realmente, escuchar de verdad. Y creo que eso es fruto una vez más de la influencia de mi madre, que no toleraba que se hiciera algo sin entregarse a ello.

[mi madre] … aunque me adoraba, sabía ser severa: me exigía no ya un poco de curiosidad, sino toda la curiosidad posible. Me lo inculcó con una frase que sigue resonando en mi cabeza cada día. Salíamos del conservatorio y yo, que de por sí ya era bastante inquieta, había sido la primera, como solía… […] Aquel día me dijo: «Me parece estupendo que seas la primera, pero hay algo más importante: ¿crees que has hecho todo lo que podías?» Y cuando dijo todo, comprendí que no había hecho todo lo que podía y aún hoy sigo sintiendo lo mismo. He trabajado mucho, pero nunca he hecho todo lo que podría. Sólo cuando una intenta acercarse a ese «todo» experimenta un goce interior a pesar de todas las tristezas y todos los duelos.

Tuve que insistir en el conocimiento de las bases fundamentales. Es decir: oír, mirar, escuchar y ver. Y fomentar el respeto por uno mismo (no la vanidad) para que el alumno aprenda a dar importancia a quién es y a lo que hace. Porque yo creo que si uno no concede importancia a quién es y a lo que hace, no es posible tocar bien, ni pensar bien, ni vivir bien. (31)

B.M. ¿Les transmite usted una moral artística?
N..B. Eso son palabras mayores. Yo he utilizado los infinitivos ver, escuchar, oír porque se puede escuchar sin oír, ver sin mirar, mirar sin ver. Y sobre todo es posible hacer algo sin demasiada convicción ni entusiasmo. Pero cuando uno hace eso se condena…
[…] Todo conocimiento deber responder a una curiosidad.

Ignoro si es posible enseñar a alguien a mantenerse despierto. Lo único que sé es que toda persona que actúe sin sentir interés por lo que hace malogra su vida. Es más: su vida es una nulidad a causa de la falta de curiosidad, tanto si se dedica a limpiar cristales de ventanas como a escribir una obra maestra.

Cuanto más pienso en los fenómenos que desempeñan un papel fundamental en la música, más me parece que dependen de los fenómenos generales que determinan el valor de las personas; está muy bien ser músico, está muy bien poseer genio, pero el valor interior que determina nuestro espíritu, nuestro corazón, nuestra sensibilidad, depende de quiénes somos. Ha podido tocarnos llevar una vida tal que nadie comprenda quiénes somos. Sin embargo, uno mismo siempre puede comprender quién es, basta prestar atención: tan sólo existo, a mis propios ojos, si presto atención a quién soy.

Cuando tienes la suerte que yo tengo de tratar con personas que están iniciándose en la vida —suelen rondar los veinte años, algunos tienen dieciocho, otros treinta, tanto da—, descubres en algunos de ellos tal pasión por la vida que sabes que hagan lo que hagan lo harán con amor, llenos de un sentimiento de plenitud que es fruto de un deseo. Todo reside ahí. ¿Somos capaces de desear algo y de manera viva la capacidad de asombro?

Me parece milagroso que sea posible asombrarse una y otra vez, doy gracias a Dios y me inclino ante el milagro. Hable usted con grandes intérpretes y le dirán que cada vez que interpretan un fragmento que han interpretado toda la vida, se produce un redescubrimiento; ése es el privilegio de las emociones: si yo sé prestarle atención, me asombrará usted una y otra vez. En cambio, si me acostumbro a verle, sin advertir que la luz cambia constantemente, se convertirá usted en un mueble al que ni siquiera presto atención, y seré yo la que saldrá perdiendo. Que esté usted aquí, que sea quien es, me parece un profundo misterio. Y si no es un profundo misterio, me estorba usted, pues no tengo ganas de verle para nada.

[…] Creo que el verdadero indicio de la vejez —y los tengo todos menos éste— sería dejar de conceder importancia a las cosas.

La enseñanza más elemental no contempla que aprender a oír es un derecho que todo niño tiene al nacer. Se le hace ver, se le hace sentir un poco (no demasiado), se le hace elegir, aunque muy poco, pero no oír. Todo niño sabe desde los cuatro años cuál es su mano derecha y cuál su mano izquierda. También conoce los colores. No entiendo por qué no ha de conocer los sonidos, aunque no vaya a ser músico. Aprende palabras, aprende gestos, aprende señas, y tan sólo hay un ámbito en el que no conoce nada, el ámbito de la música. Oye notas sin saber lo que representan. La repercusión nerviosa de un ritmo, de una melodía, que se desarrolla, de determinadas combinaciones de sonidos pueden producirle una emoción muy grande, pero conocer los sonidos en nada empañaría su emoción.

B.M. ¿Busca sobre todo la voluntad artística del alumno?
N.B. Su elección, su voluntad artística, su gusto. Mi papel es por encima de todo intentar comprenderle tal como es y, sobre todo, no como soy yo. Cuando un alumno me repite lo que yo digo, replico: «Escuche, eso no significa nada. ¿Qué piensa usted? Dígalo torpemente, dígalo como quiera, y si no opina nada, diga que no opina nada, y mientras tanto aprenda las reglas…»

Intento desesperadamente hacer entender al alumno que debe expresar lo que quiere; el que esté de acuerdo o no conmigo me trae sin cuidado siempre que pueda decirme: «Esto es lo que quiero decir, esto es lo que me gusta, esto es lo que busco..»

Creo que el papel del profesor es modesto. A todo el que desea trabajar le pregunto: » ¿Puedes ver, puedes oír, puedes retener?». Si tras las clases lo ha logrado, he entregado al alumno aquello de lo que disponía.

Vivir la música representa tal fuente de alegría para mí que he querido compartirla en la docencia, con mis propios medios. Mi manera de testimoniar es decir lo que he recibido.

En las últimas páginas del libro se recogen recuerdos y opiniones de algunos de sus alumnos:

Lennox Berkeley: Tengo la impresión de que la clave era precisamente que no utilizaba ningún método ni recurría a ningún sistema particular […] En realidad eran la fuerza de su personalidad y el ejemplo de su vida totalmente concentrada en el trabajo los que ejercían un efecto tan estimulante en sus estudiantes. Era una inspiradora, y la inspiración consistía en hacernos cobrar conciencia de la necesidad de adquirir la técnica imprescindible para el compositor, y hacernos sentir que ningún esfuerzo que nos permitiera poner fin a las dificultades iniciales sería excesivo.
Además nos ayudaba a formar nuestro propio gusto musical haciendo hincapié en el necesario y profundo conocimiento de los compositores del pasado, sobre la base de los cuales podía ayudarnos a crear nuestro sentido de la forma. […] Era por encima de todo desinteresada, no pensaba nunca en sí misma. Sólo le preocupaba transmitirnos su inmenso amor por lo mejor de la música. En eso radica el auténtico secreto de su éxito.

Hugues Cuénod: Salía de sus clases consciente de que la música y sobre todo la manera de enseñarla me habían colmado de una sabiduría y de una serenidad insospechadas, que incluso me permitían afrontar mejor las dificultades de la vida.  

Yehudi Menuhin: Todas sus cualidades infundían seguridad y daban a su presencia la firmeza y solidez del peñón de Gibraltar unida a la afectuosa solicitud de una madre […] su infatigable búsqueda de lo más riguroso y bello tanto en la música como en los actos humanos, ese modo a un tiempo perentorio y tierno de guiar a los jóvenes, la sensación de infinita confianza que inspiraba a cuantos se acercaban a ella, el compromiso total de su persona y, por añadidura, el hecho de que siempre supiéramos dónde encontrarla, qué opinaría y cuán elevadas eran sus exigencias.

 

 

El derecho a aprender a escuchar

NADIA BOULANGER
Hemos dado con un libro que recoge las reflexiones de Nadia Boulanger (1887-1979), maestra de músicos (B. Monsaingeon. «Mademoiselle». Conversaciones con Nadia Boulanger. Acantilado, 2018). Cada página rezuma amor por la enseñanza, respeto hacia la infancia (y hacia los de cualquier edad) y ayuda a captar el valor de la música de cara al desarrollo integral de las personas. Encontraréis aquí una pequeña selección.

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