Abrir los ojos a la realidad, o lo que se cocina en los fogones de www.otsiera.com


El equipo de trabajo que impulsa la página web www.otsiera.com expone su punto de vista sobre el desarrollo interior, sobre lo que implica crecer como seres humanos, desde todas las capacidades. Lo contrario de conformarnos con la “superfície”. Una invitación a “abrir los ojos a la realidad” como eje vertebrador de la tarea pedagógica.


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 – ABRIR LOS OJOS A LA REALIDAD –
O lo que se cocina en los fogones de www.otsiera.com

… pues mira con advertencia a todas las cosas y sabe que en todo hay más que lo que se entiende, aunque sea una hormiguita. (Teresa de Jesús. Las Moradas, 4ª,2.2)

  ¡Hay más!

             “¡Hay más!” –proclama hasta la hormiga más minúscula a quien sea capaz de recibir su mensaje, a quien se deje atrapar por la maravilla, por el misterio más absoluto, por la desconocida profundidad de toda existencia, por los misterios inefables sobre los que nos movemos, por las honduras inconmensurables (Rudolf Otto [1]). Nos lo dice la hormiga, la brizna de hierba, el rostro del otro, la lucidez interior, el cielo estrellado… ¿“Más”? ¿“más qué”? ¿Se trata de dimensiones o experiencias paranormales, quizás?,  ¿algún “algo” añadido?

            No. El “más” al que nos referimos tiene que ver con profundidad, con madurez personal, con interés sincero. Tiene que ver con mirar de verdad, con atender plenamente. Tiene que ver con aquella actitud vital que llevaba a un Albert Schweitzer –¡cuando ya tenía más de noventa años!– a hablar de los mil prodigios que podía contemplar a cada instante (“¡el irresoluble enigma de la presencia de una gota de lluvia”!) y de cómo éstos “cuanto más años pasan, más se multiplican” [2]. Y a afirmarlo irradiando dicha, paz, libertad personal, compromiso con todo y con todos.

            “Hay más” que una realidad plana. Y que una vida plana. Verlo, comprenderlo, aprenderlo… nos abre las puertas a vivir desde aquello tan peculiar que nos hace seres humanos, desde la cualidad humana…: Quien no es capaz de maravillarse, de percibir la cara misteriosa de la vida, no vive, sus ojos se han apagado –escribió Albert Einstein; y añadía que esta captación es lo que constituye la cuna del arte, de la ciencia, de la espiritualidad verdaderas. De una vida verdaderamente humana–podríamos decir.

            Pongamos un ejemplo. Jane Goodall [3], observando a los chimpancés en las selvas de Gombe, inmersa en su trabajo de investigación, vive un día, unos momentos de contemplación: “aquel día sentí que el antiguo misterio me cautivaba, que volvía aquel silencio interior. Estaba allí tumbada, como un fragmento más de la naturaleza experimentando nuevamente aquella mágica intensificación del sonido, aquella riqueza de percepción aumentada […] Todo era uno, todo formaba parte del gran misterio. Y yo también formaba parte de ello. Me invadió una sensación de profunda paz”.

            Una experiencia que la lleva a reflexionar sobre las posibilidades del conocimiento humano: “Contemplamos un insecto y ya estamos abstrayendo determinadas características y clasificando: ‘una mosca’, decimos. I en este mismo momento cognitivo, parte del milagro ha desaparecido. Una vez hemos etiquetado las cosas que nos rodean dejamos de observarlas con tanta atención.”

            Esa es la magia de las palabras; interpretan, organizan, ordenan y orientan la percepción, dando forma al mundo, convirtiéndolo en un escenario con sentido, un espacio en el que interactuar y que podemos gestionar. Nos evitan tener que detenernos, perdidos, a cada instante. La ordenación hablada (lingüística) de lo que “hay” es una ordenación para facilitar nuestro vivir.  Tenemos que poder disponer de decorado y de guión para sobrevivir, para saber qué hacer y cómo hacerlo, cómo relacionarnos, alimentarnos  o organizarnos; “decorado y guión” que constituyen el “sentido”, un mundo –natural y social- con sentido, y este sentido está construido lingüísticamente y así lo transmitimos. Parafraseando a Wittgenstein podemos afirmar: los límites del lenguaje son los límites de mi mundo (Tractatus 5.6). El error sería confundir esta visión simplificada con la totalidad de la realidad; identificar las herramientas conceptuales con la totalidad del conocimiento. Jane Goodall en su reflexión, utiliza la imagen de dos ventanas, dos formas de establecer contacto con la realidad, con la existencia; y cada una de ellas hace su aportación propia y valiosa:

            “Si, pensé, hay más de una ventana a través de la cual los humanos podemos mirar el mundo y darle un sentido. Tenemos la ventana construida bajo el patrón de la ciencia occidental, con sus cristales pulidos por una sucesión de mentes brillantes. A través de ella podemos penetrar cada vez más a fondo y con mayor claridad en áreas  que hasta hace poco eran inaccesibles para el conocimiento humano. […] Pero, además, los humanos podemos mirar el mundo que nos rodea a través de otro tipo de ventana, como la que han utilizado los místicos. Aquellos maestros contemplaron las verdades no sólo con su mente, sino también con su corazón y su alma. Acostada boca arriba contemplaba como caía la noche. Qué triste sería –pensé-  que perdiésemos el sentido del misterio, la capacidad de admirar y sentir este profundo y cautivador respeto; que la lógica y la razón se impusieran a la intuición alejándonos totalmente de nuestra profundidad, de nuestros corazones, de nuestro espíritu.”

            Así pues, ver el mundo (como seres humanos) sería establecer una relación más y más significativa con la realidad, desde todas las dimensiones de la comprensión, desde todas las dimensiones del ser. Saber etiquetarlo no es suficiente, la mirada analítica e interpretativa no basta. No podemos olvidar “el ojo del corazón”, la capacidad de saborear, de valorar, de apreciar en su profundo valor la presencia de lo que “aquí” hay.

            El mundo es lo que vemos, pero hay que aprender a mirar para verlo – avisaba Merleau-Ponty-. Desde ese convencimiento, educar será favorecer este aprendizaje: invitar a abrir los ojos a la realidad. Aprender a mirar: un mirar que significa atender, interesarse, comprender, compartir; mirada que alimenta el vínculo profundo con la vida desde el descubrimiento del valor de todo lo que existe, mirada capaz de sorprenderse. Un aprendizaje que es una apuesta por una vida abierta a todas las dimensiones de la existencia; que nos invita a crecer por dentro, de verdad. Que no tiene edad, ni fin.

            Ésta es la perspectiva que guía nuestras reflexiones y propuestas;  una invitación a “abrir los ojos a la realidad” como eje vertebrador de la tarea pedagógica. Veamos, de manera sumaria, un posible despliegue, aquel que orienta las propuestas que vamos engarzando.

 

“Abrir los ojos a la realidad”

Nos gusta utilizar esta expresión al referirnos a un desarrollo cualitativo, en profundidad, que no se conforma con quedarse en la superficie. Abrir… es un verbo que apunta a escoger, escuchar, atender, descubrir.

Que implica interés, atención, darse cuenta. Que invita a dejarse sorprender.

Que permite hacer el descubrimiento positivo de … “yo no soy el centro” –mientras saboreamos el valor del otro, de los otros, de cada cosa-.

            Abrir… los ojos, como una forma de referirnos a todos los sentidos, a nuestra capacidad de percepción, a todo aquello que nos hace capaces de abrir los ojos del corazón. De abrirnos… a la realidad. A la realidad exterior, a todo lo que nos rodea, a este mundo del que formamos parte, a cada ser. Y a la realidad interior, nuestra realidad más íntima: aprender a reconocer aquello que somos, lo que quiere decir ser un ser humano y crecer como ser humano.

            Una realidad que es rica, compleja, sutil. Una realidad que siempre nos dice: “¡hay más!”, porque nos acercamos a ella conscientes de que es inagotable, preparados para explorar sus variadas caras y dimensiones. Desde los conocimientos conceptuales, desde la atención plena, desde aquello que nos muestran los lenguajes visuales, la música, la poesía… Cada lenguaje nos ofrece nuevas perspectivas, nos dota de herramientas para recibir el saber de todos aquellos que han explorado antes que nosotros, herramientas para seguir indagando, y para comunicar, desde todas nuestras capacidades.

            Queremos tener muy presente que “conocer” no es acumular datos ni aprender verdades definitivas. Es la aventura de aprender a interrogarse, a reflexionar, a atender, a estar, a gozar, a compartir… un itinerario en el que el sabor de “¡hay más!” no deja de aumentar, alimentando la capacidad de interesarnos plenamente, de generar agradecimiento, estima, compromiso.

            Y todo esto, ¿cómo? ¿Con qué medios? Veamos, de momento, una rápida enumeración de aquellos elementos que habrá que tener en cuenta:

 

  1. El cultivo de:
  • La atención. Conciencia que se extiende,  que se dirige hacia alguna cosa.
    Es posible desarrollarla, intensificarla. Nos ayuda a pasar de lo más superficial a niveles más profundos, de lo más complejo a lo más esencial; de los niveles materiales a los sutiles, a la dimensión “espiritual”.
  • La interrogación. No ahogar la capacidad innata de hacer preguntas. Plantearse una pregunta  es estar abierto a encontrar o buscar alguna respuesta. Las preguntas,  el hecho de cuestionarnos, es poner en marcha el motor que nos lleva a establecer contacto con interés por la realidad.
  • La admiración, la sorpresa, la maravilla…Nos sorprendemos cuando nos damos cuenta de las cosas. Propiciar ese “darse cuenta”; la necesaria toma de distancia para darnos cuenta de cómo son las cosas.
    Crear situaciones en las que el mundo, un objeto… deje de ser algo obvio, conocido.
  • La gratuidad. Descubrir y constatar el gozo que comporta hacer, escuchar, mirar, decir, jugar… por el gusto de poder hacerlo, porque somos capaces de ello.
    Introducir un actuar sin esperar nada a cambio.

 

  1. La contemplación

Estamos capacitados para la acción y para la contemplación. Es una actividad que estimula nuestra capacidad de captar lo sutil, aquellos aspectos menos evidentes.
Contemplación es receptividad. Es dar tiempo a la realidad para que se manifieste, que se muestre.
Cualquier elemento, cualquier aspecto de la realidad nos invita a ello. Contemplación de la naturaleza, del arte, disfrutar con la música…. Contemplación en la vida cotidiana.

 

  1. La práctica, el gusto por el silencio

El silencio como aquella actitud, aquella disposición, que nos permite explorar, descubrir, sentir la vida. Nada que ver con un mandato que nos remite al aburrimiento, represión, castigo. Silencio es

  • detenerse para poderse dar cuenta.
  • callar para poder escuchar.
  • atención para así estar presentes.
  • una forma de conectar profundamente con la realidad.

 

  1. La comprensión y el uso de los distintos lenguajes

El modelo actual de supervivencia, basado en el desarrollo científico y tecnológico, nos ha llevado a poner en primer término la “ventana” conceptual con sus lenguajes abstractos, descriptivos y analíticos. Pero no por eso deberíamos menospreciar los lenguajes propios de la “ventana” contemplativa: el lenguaje simbólico, poético, musical, visual… que son los vehículos de la experiencia significativa, valiosa, de la realidad, vehículos del conocimiento silencioso, de la experiencia contemplativa.

Para poder dar forma a la propia experiencia cognitiva. Para poder recibir e interpretar la de nuestros predecesores.

  • Tener presente un horizonte de progresiva “alfabetización” en la pluralidad de lenguajes, como parte intrínseca de la aproximación a una realidad infinita, desde la riqueza de las distintas capacidades de conocimiento.

 

  1. El diálogo y la reflexión

A partir de una situación, de una experiencia, de una lectura:

  • Dejar tiempo para reflexionar y dialogar, tiempo para descubrir los significados. El significado no “cae” de fuera adentro. El significado germina en el interior, con las condiciones adecuadas para favorecerlo y posibilitarlo.
  • Reflexión y diálogo para aprender a discernir. Construcción de la conciencia moral.

 

  1. El ejercicio de la solidaridad

Es esencial pasar a la práctica, poner en práctica; movilizarnos, actuar para mejorar o transformar alguna situación: la acción ha de participar en el proceso de aprendizaje para que éste pueda arraigar, germinar.

Apertura experiencial hacia nuestros semejantes.

 

¿Este itinerario, adónde nos lleva?

Nos conduce hacia

  • La autonomía personal; la libertad
  • Un profundo respeto, interés, amor
  • Situar nuestro “yo” (ego) en su lugar; impedir que ocupe todo el escenario.
  • Creatividad (fruto de los puntos anteriores: interés, libertad…)
  • A establecer, más y más, una relación significativa hacia la realidad, interior y exterior, una realidad inagotable que invita a no detenerse; a convertir la vida en una aventura, en una búsqueda.

 

Con esta pequeña recopilación, esquemática,  sólo querríamos explicitar la necesidad de incorporar al conjunto de capacidades en el proceso de maduración. Porque desarrollarse plenamente, crecer interiormente, no deja de ser el resultado de ir cultivando y alimentando todas nuestras dimensiones, todas nuestras capacidades.

            Y ¿dónde, cómo, quién…, nos enseña a “abrir los ojos”, a abrir “la mirada interior”? ¿De qué fuentes podemos beber? ¿Dónde encontrar orientaciones que nos inspiren?

 

Huellas

 

Demasiado a menudo ponemos a los niños y niñas en contacto con los frutos del saber, del ámbito que sea, como si éstos hubiesen caído del cielo [5]. ¿Cuántos esfuerzos, intentos, búsquedas, interrogantes, dudas, errores, hay detrás de cada obra de arte, de cada propuesta de las ciencias (naturales y sociales)? Todo eso lo pasamos por alto, dando a entender que, o bien ha sucedido por arte de magia, o bien hay personas que son genios, han logrado lo que han logrado por sus dones especiales. Y así perdemos la ocasión de aprovechar la lección que ofrecen la experiencia y los procesos de maduración de los que nos han precedido.

            Vale esta constatación para cualquier ámbito pero, muy especialmente, en todo aquello que se refiere a “aprender a ser”. Tenemos ahí, al alcance de la mano, todo tipo de reflexiones, relatos, poemas, cuentos… palabras de sabiduría de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, palabras que cruzan los siglos de generación en generación. Palabras que apuntan a explorar a fondo las posibilidades de los seres humanos, que hablan del significado de crecer como seres humanos…  ¿Qué hacemos de ellas? ¿Cómo las aprovechamos? ¿Dónde están?

            En gran parte, ocurre aquello que cuenta Anthony de Mello de un explorador…

            volvió al lado de los suyos que ansiaban saberlo todo respecto al Amazonas. Pero, ¿cómo podía expresar con palabras la sensación que la había inundado el corazón cuando contempló aquellas flores exóticas y escuchó los sonidos nocturnos de la selva; cuando se dio cuenta del peligro de las fieras o cuando conducía su canoa por las inciertas pozas? Y les dijo: “id y descubridlo vosotros mismos”. Para orientarlos, trazó un mapa del rio. Entre todos, tomaron el mapa y lo colocaron en el Ayuntamiento. E hicieron copias para cada uno. Y aquellos que tenían una copia ya se consideraban expertos en el rio. [6]

            Podríamos decir que entre nosotros hay quién da valor al mapa colgado en el Ayuntamiento, quién hace copias, quién inclina la cabeza cuando pasa por delante…. y quién no.  Quien piensa que es un papel sin más valor. Y quizás todos estos personajes  discuten entre ellos. Pero…. aquellos garabatos eran pistas, ¡pistas muy reales para una posibilidad muy real! “¡Descubridlo vosotros mismos!” –aconsejaba el explorador.

            Desde el convencimiento que se trata de “mapas”, de orientaciones a partir de las que merece la pena reflexionar, debatir, ensayar, saborear… incorporamos en nuestras propuestas todo ese “legado de sabiduría”, un legado muy presente en los textos sagrados de las distintas tradiciones, palabras transmitidas por tantos y tantos maestros  invitando a todos a la indagación.

            ¿Cuál es el territorio a explorar? La vida. La vida, la toma de conciencia de la vida, qué significa estar vivos, vivir, ser personas, crecer, amar de verdad, interesarse plenamente por la realidad. En fin, saber de la posibilidad de “abrir los ojos” y de cómo avanzar por esa vía.

            Unas huellas ilustran la cabecera de la página web www.otsiera.com. Esas huellas quieren recordarnos a tantos hombres y mujeres que han abierto caminos antes que nosotros, y a la posibilidad de aprender de su experiencia. Huellas que  –cómo aquel mapa que dejó el explorador–, invitan a la búsqueda y al descubrimiento; un deseo que impregna todos y cada uno de los apartados de esta página web (y no sólo el apartado “Huellas” o “El baúl de sabiduría”, que también). A la vez, somos muy conscientes de que ello exige un esfuerzo para familiarizarnos con unos lenguajes simbólicos que, hoy, pueden resultar extraños o ajenos, aprender a interpretar el mensaje que encierran y no confundir (valiéndonos de una imagen budista) la luna con el dedo que la señala.

            Ganamos así por partida doble. Por una parte, logramos aprovechar siglos de experiencia de personas y fuentes culturales bien distintas. Por otra, apostando a fondo por sentir como propio todo ese patrimonio de sabiduría, reconociéndolo como un rio único que pertenece a todos, en el que no hay gota de agua que sea propiedad exclusiva de estos o de aquellos, vamos dando pasos en la construcción de una sociedad plural, avanzamos en un proceso de maduración humana en el que la diversidad y la interculturalidad enriquecen a todos. Los dogmas levantan muros. La sabiduría, los diluye. Y la sabiduría compartida nos une en la aventura humana de la vida. Colaborar en ello quiere ser nuestro granito de arena.

El equipo de trabajo de www.otsiera.com

 


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[1] Citado en: Ll. Duch. Historia y estructuras religiosas. Barcelona, EDB, 1978. p.67.
[2] Albert Schweitzer. Souvenirs de mon enfance. Istra, 1951. p.66.
[3] Jane Goodall. Gracias a la vida. Mondadori, 2000. p.164-165.
[5] véase, por ejemplo: Juan Delval. Crecer y pensar, la construcción del conocimiento en la escuela. Paidós, 1991.
[6] A. de Mello. El cant de l’ocell. Barcelona, Claret, 1985. p.46

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