El diálogo: procedimiento y actitud (apuntes)

“Parecería que hay tradiciones que valoran especialmente el diálogo y otras que no”, “parecería que algunas promueven el diálogo y el aprendizaje, y otras una actitud más de sumisión y creencia”… Afirmaciones (o preguntas) como éstas nos llevaron a reflexionar conjuntamente sobre el tema del diálogo. En primer lugar, sobre qué significa dialogar, lo que implica y aporta: el diálogo como clave de bóveda de la construcción de comprensiones y la de la propia autonomía personal. A recordar que es un recurso muy propio de los maestros de sabiduría. Y a detenernos, también, en un ámbito de diálogo “peculiar”: el diálogo entre religiones, culturas, opciones personales…

          Este es el contexto en el que se enmarcan estos apuntes de trabajo, que incluyen algunos textos y sugerencias.


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El diálogo: procedimiento y actitud
(y algunas reflexiones sobre el diálogo interreligioso)
-apuntes-

 El diálogo es un procedimiento básico en nuestros itinerarios de trabajo, favorece el ejercicio de dar forma a la propia comprensión y la alimenta: dar forma, tomar conciencia de lo que se sabe y de lo que no, descubrir nuevos elementos y perspectivas a partir de las aportaciones de los demás; indagar, reflexionar, comunicar, compartir, contrastar, revisar, modificar, aprender a escuchar, a aportar, a recibir…

            A medida que vamos construyendo nuestro discurso vamos dando nuevos pasos en la comprensión. Es en el esfuerzo por vehicular la captación a través del lenguaje cuando la comprensión logra concretarse y asentarse. Y al contrario, cuando no sabemos qué decir, cuando no encontramos la forma de de expresar, nos damos cuenta de lo que todavía no comprendemos bien, en dónde se nos presentan los obstáculos, las lagunas y los interrogantes.

            Dialogar significa saber escuchar. Y no desde una postura de superioridad sino desde un profundo respeto hacia el otro. Sin interponer filtros de ningún tipo. No hay ninguna pregunta, ni ninguna respuesta, que sea estúpida o insignificante. Cada intervención merece ser atendida. Si un niño o una niña percibieran algún sesgo de menosprecio o desconsideración cuando se están expresando, su proceso cognitivo quedaría interrumpido. Y, muy probablemente, esa criatura en ese marco ya no volverá a intentarlo; difícilmente podrá volver a confiar, a sentirse segura en su esfuerzo de elaboración y comunicación de pensamiento y de comprensión.

            El diálogo es un proceso que requiere del adulto apertura, flexibilidad y capacidad de sorpresa. En un diálogo vivo, aparecerán vínculos insospechados y se abrirán recorridos imprevistos. Obtendremos respuestas que nos descolocaran y que no podremos decir que no vengan a cuento. Todo tiene sentido: “su” sentido. Descubriremos que hay muchas maneras de mirar las cosas, que ante cualquier cuestión se abren pluralidad de caminos y de planteamientos. El papel del adulto no es el de resolver dilemas y preguntas ofreciendo “la respuesta correcta”; el adulto ayuda a estirar más del hilo, invita a no detenerse, incita a ir siempre un poco más allá, más a fondo.

          ¿Qué es lo que dificulta el diálogo? Las inseguridades, los miedos… Y al revés: allí donde haya autonomía personal, mayor será la capacidad de diálogo. Favorecer entornos “seguros”, que faciliten el diálogo, es trabajar por el desarrollo de la autonomía personal. El diálogo alimenta y estimula los procesos de maduración personal. Por el contrario, la inseguridad es fuente de fanatismo: la persona busca refugio en su mundo de certezas, a la defensiva, sin poder profundizar en ellas, sin poder compartir, contrastar, escuchar, recibir… Desde la inseguridad personal vive el mundo exterior como posible ataque, o rechazo. En la rigidez se siente segura; en el compartir, vulnerable.

“Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar. Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar.
Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única. Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente que parecía tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él.” (Michael Ende. Momo. (Alfaguara))

           Si el diálogo es, por naturaleza, un procedimiento básico de aprendizaje, lo es especialmente en un ámbito en el que pequeños y jóvenes se ponen en contacto con las tradiciones de sabiduría.

            Vemos que es un ámbito en el que los maestros dialogan con quien se les acerca. No adoctrinan, no ofrecen recetas, ni pautas cerradas. Esto queda para las “estructuras religiosas” cuando éstas buscan unificar, cuando su función es proporcionarle una base a las instituciones de poder, de orden social, etc. En cualquier tradición religiosa encontraremos las dos caras de la moneda.

          Cuando lo que nos interesa es poner en contacto con el ofrecimiento de maduración humana a la que invitan los maestros, podremos ver cómo éstos ofrecen pistas para indagar, invitan a abrir los ojos (por dentro y por fuera), ponen en cuestión dogmatismos y fijaciones… Y todo ello, en diálogo, dejando tiempo para la escucha, la reflexión, la acogida.

            Jesús en diálogo con la samaritana, con Mateo, con María, con Pedro…, Jesús expresándose en parábolas, invitando a la reflexión compartida. En la tradición musulmana, los hadices recogen infinidad de diálogos del profeta Mahoma con los que se le acercan.
         Famosos son los diálogos talmúdicos, el método básico de exposición e indagación en la tradición judía. Los discípulos buscan las distintas opiniones de los antiguos rabinos sobre alguna cuestión y las analizan: reflexionan, debaten, exponen sus ideas. La finalidad no es llegar a un acuerdo, sino el esfuerzo de exploración, del derecho y del revés, aprovechando todo aquello que nos pueda ayudar a profundizar.
           Los Upanishads, textos clave de la tradición hindú, recogen los diálogos de los rishis con sus discípulos. Y no sólo los Upanishads, muchos textos sapienciales hindúes son diálogos; textos que transmiten las inquietudes de los buscadores y las orientaciones que reciben, para que puedan resultar de utilidad a los hombres y las mujeres de cualquier tiempo y lugar. El Bhagavad Gita, sin ir más lejos, obra esencial del hinduismo, es un diálogo entre Krishna y el guerrero Arjuna.
           El diálogo de la flecha, el del grano de mostaza, el del laúd…, la literatura clásica budista recoge muchas enseñanzas del Buda en forma de diálogos. No son palabras para ser creídas y cargar con ellas, sino que son como una barca –decía el Buda- que hay que dejar atrás una vez cruzado el río. No tendría sentido seguir avanzando con la barca a las espaldas… Muchos son los diálogos recogidos también de maestros posteriores pertenecientes a los distintos linajes.
           Son éstos unos pocos ejemplos, a título de recordatorio, pero encontraríamos muchos otros, en cualquier tiempo y lugar: en las tradiciones africanas, americanas, en el taoísmo, entre los sikhs, etc. etc. (por no hablar de “nuestros” clásicos… con el bueno de Sócrates en primera línea… ¡!)

Los discípulos de Rabí Baruj le preguntaron : “¿Cómo puede uno estudiar el Talmud adecuadamente ? En él está escrito que Abái dijo esto y Rabá dijo aquello. Es como si Abái perteneciera a un mundo y Rabá a otro. ¿Cómo es posible comprender y estudiar a ambos al mismo tiempo ?”
      El Tzadik respondió : “aquellos que quieren comprender las palabras de Abái deben unir su alma al alma de Abái. Entonces comprenderán el verdadero sentido de las palabras que expresó Abái. Y si después quieren saber las palabras de Rabá, deberán unir su alma con el alma de Rabá. Así es como las palabras de los maestros siguen vivas a través de las generaciones”.

Un dia Siddhârta (el Buda) y quienes le acompañaban llegaron a un pueblo llamado Opasada. Se encontró con dos jóvenes estudiantes que discutían entre ellos, Kapathika y Bharadvaja.
– Yo he sido instruido acerca de que lo que dicen los Vedas es la verdad y el resto, falso –insistía Kapathika.
– ¿Quien así te ha enseñado –le respondió Siddhârta– te ha dicho: “mira, yo he conocido esta verdad por propia experiencia y te mostraré el camino para que puedas verificarla”?
– No, señor.
– Pues a mí me han enseñado todo lo contrario –dijo Bharadvaja–, que los cultos y los actos rituales que prescriben los Vedas ¡no sirven para nada!
          Y Siddhârta le planteó la misma pregunta que a su compañero, y la respuesta fue la misma. Siddhârta les dijo entonces: “quien se limita a repetir las opiniones de los otros sin esforzarse por ver, reflexionar y conocer por sí mismo, es como un ciego que se une a una hilera de ciegos. Si yo ahora os respondo con un “sí” o un “no”, ¿qué haréis vosotros? Creeréis “sí” o “no” hasta que otra persona os diga lo contrario.
-¿Y qué debemos hacer sino?
– Confiad en vuestras fuerzas y atreveros a buscar por vosotros mismos. Mis palabras, o las de quién sea, sólo os serán de utilidad si os sirven para investigar.
                           (adaptación del sermón 95 del Buda, del conjunto Majjhima Nikaya)

 

Y… ¿qué podríamos decir sobre el “diálogo interreligioso”?

¿Dialogan las religiones, o las personas? Desde dónde se establece ese diálogo, qué recorrido puede tener…

           Desde la perspectiva de los estamentos religiosos, de las instituciones, se trata de mantener un contacto con el fin de establecer puentes que ayuden a hacer viable la convivencia en las sociedades plurales; puentes desde cada confesión hacia la sociedad en su conjunto, y puentes entre las distintas confesiones.
          Desde la vivencia honda de la sacralidad que todo lo impregna -desde la experiencia espiritual- sería más apropiado hablar de “comunión” que de “diálogo”: se hace explícita la conciencia de compartir una misma experiencia desde caminos culturales distintos. Recogemos aquí algunas “perlas” de esta vivencia profunda comunión.

 

Una indagación, muchos caminos

 “La verdadera religión es fuente de amor y armonía entre los seres humanos y la causa principal del desarrollo de cualidades elevadas.” (Bahá’u’lláh, 1817-1892. Escritos, CXXXIV)
         “Es claro y evidente que todos los Profetas son los Templos de la Causa de Dios, que han aparecido cubiertos con vestiduras diversas. Quien observe con lucidez, los verá habitando el mismo Tabernáculo, ascendiendo al mismo Cielo, sentados en el mismo Trono, pronunciando las mismas Palabras, y proclamando la misma Fe. ” (Bahá’u’lláh Kitáb-i-Iqán p. 99)
         “Consagraos a la promoción del bienestar y la paz de los hijos de los hombres. Dedicad vuestras mentes y vuestras voluntades a la educación de los pueblos y razas de la Tierra, que las disensiones que dividen sean borradas de su faz […] Bendito es quien se asocia con cualquier ser humano con espíritu de la mayor bondad y amor”. (Bahá’u’lláh. Escritos, CLVI)

Por todas partes veo a la gente peleándose en nombre de las religiones. No tiene ningún sentido. Al agua del estanque se accede gracias a los gats (escalones) que lo rodean. Desde una de las zonas de acceso, los hindúes con sus cántaros recogen agua y la llaman “jal”; desde otra, los musulmanes recogen agua con sus cubas y la llaman “pani”. Desde una tercera los cristianos recogen el agua con sus garrafas y la llaman “agua” [water]. La sustancia es la misma bajo distintos nombres y formas. Todos desean y buscan la misma sustancia, el agua; las diferencias vienen dadas por los climas, el temperamento, las costumbres, los nombres… Todos los ríos van al océano, caminad hacia el océano y dejad caminar a los demás.   (Ramakrishna, 1836-1886)

El rey a todas las comunidades religiosas:
Moderad vuestras palabras. Elogiad a las comunidades religiosas diferentes de la vuestra siempre que tengáis la oportunidad. Evitad criticar a las otras comunidades siempre que sea posible. Si actuáis así, vuestra comunidad se beneficiará y también la ajena. La concordia favorece la escucha de los distintos dharmas.
Que todas las comunidades religiosas sean instruidas y tolerantes. Que todas crezcan. Éste es el deseo del rey.     (Edicto del emperador budista Asoka. India, 274-232 a.C.)

La religión de los que se atan a una determinada forma de Dios, implica negar las creencias de los demás. Si comprendieran el sentido de las palabras de Junayd: “el agua toma el color de su recipiente” reconocerían a Dios en todas sus formas.
                                            (Ibn ‘Arabí, maestro musulmán, nacido en Murcia en el s.XII)

Cuando alcanzas el corazón de tu religión, alcanzas el corazón de todas las religiones (Mahatma Gandhi)

 

Y, pensando en los procesos de aprendizaje, ¿qué diríamos sobre el “diálogo interreligioso”?

Avanzamos en el itinerario de desarrollo interior desde el respeto hacia el hecho religioso en su diversidad. Nos acercamos a la experiencia vital de hombres y mujeres de lugares, culturas y religiones distintas, conviviendo con la diversidad con toda normalidad. Crecemos aprendiendo de las aportaciones de todos.
           En las primeras etapas la diversidad no es, en sí misma, un “contenido” a trabajar, sino parte del paisaje humano connatural a la vida. Pero ya con los jóvenes, conscientes de los conflictos interculturales e interreligiosos que se viven en el mundo de los adultos, la diversidad y la convivencia (una convivencia sin discriminaciones de ningún tipo) pasan a ser tema de reflexión.
            Nos será útil disponer de recursos que nos permitan acercarnos al tema. Sería interesante poder evidenciar el contraste entre las actitudes violentas, excluyentes, etc. de algunos –en nombre de la religión–, y lo que se desprende de las enseñanzas de esa gente “sabia”, o “espiritual” (sea cual sea su tradición cultural o religiosa, si es que se identifican con alguna). Vale la pena tener a mano sus palabras, su ejemplo. Su testimonio muestra de una forma bien evidente que la experiencia espiritual no es nunca motivo de enfrentamiento, de desprecio, de dolor, de muerte. Al contrario, genera profundo interés por todo y por todos, aceptación sin condiciones, amor sin límites, responsabilidad por el bien de todos los seres… Entonces, ¿cuáles son los motivos de esa agresividad supuestamente religiosa?

            En la sección de PONEMOS EN PRÁCTICA / HUELLAS, hemos incluido una propuesta de trabajo en esa dirección: Una misma búsqueda, distintos caminos (para 12-16 años, aproximadamente).

 

Más textos que nos pueden ayudar e inspirar:

“Los seres humanos dedicamos mucho tiempo acumulando, estropeando y pisoteando. Pero en el fondo, ¿quiénes son las personas que nos inspiran, incluso mucho tiempo después de su muerte? Aquellas que se dedicaron al cuidado de los demás y del Planeta, las que se pusieron al servicio de la vida.” (Wangari Maathai)

 “Soy vida que quiere vivir, y estoy siempre rodeado de vida que quiere vivir”: este convencimiento me acompaña a todas horas. Desprende una savia vivificadora que engloba todas las existencias, y me da fuerzas para que el profundo respeto por la vida sea mi orientación y mi guía.” (Albert Schweitzer)

 “Saludo a aquellos que pasan por la vida sirviendo siempre a los demás, sin miedo, dejando de lado toda agresividad o resentimiento. De esta madera están hechas las personas que destacan por su capacidad de consuelo y ayuda a la humanidad en aquellas miserias que la misma humanidad provoca.” (Albert Einstein)

 “El Enviado dijo: quien no desee para su hermano lo mismo que desea para sí mismo, no es musulmán.” (Hadiz del Profeta Mahoma)

 “No hagas a nadie lo que no querrías para ti mismo.” (Confucio, Analectas XXI, 2)

 

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