Sobre el lenguaje simbólico. Apuntes


Si tratamos mitos, símbolos, narraciones y poemas como si se tratara de crónicas históricas o de descripciones, bloqueamos su capacidad comunicativa. Algunas pistas y reflexiones sobre la percepción del valor y los recursos que permiten darle forma.


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Los símbolos y la comunicación simbólica impregnan el mundo de los humanos. Somos animales simbólicos y utilizamos signos lingüísticos, signos gráficos, signos y señales de todo tipo para dar forma a la realidad, para representarla, para comunicarnos el saber, la valoración, todo. Podríamos abordar la cuestión simbólica desde cualquiera de los ámbitos que configuran la vida humana. Vamos aquí a centrarnos en ese lenguaje simbólico que tiene que ver con facilitar la comunicación y la exploración de la riqueza sutil de la realidad. Aquel lenguaje simbólico que apunta allá donde “no llegan” las descripciones o el lenguaje conceptual. ¿Dónde? A la experiencia del valor de la realidad: al ámbito de la valoración, desde lo más obvio a lo más hondo. Y cuanto más profundo, más inefable: más difícil resulta referirse a ello, y más necesidad hay de poder echar mano de recursos simbólicos, para dar forma a la intuición, poderse aproximar, explorarla, comunicarla.

Los seres humanos disponemos de dos grandes familias de recursos comunicativos: los que nos permiten acotar, diferenciar, interpretar, y los que nos permiten poner de relieve el sentido, el valor de las cosas. Cada uno de estos dos grandes grupos se corresponde a un tipo de aproximación a la realidad: la que interpreta y ordena para poder gestionar, para poder resolver la vida; y la que silencia toda interpretación para poder recibir aquello que la realidad pueda decirnos. A un extremo situaríamos el trabajo científico y los lenguajes conceptuales de las ciencias, y al otro la experiencia estética y los lenguajes de las artes. En la amplia zona entre ambos extremos, la vida cotidiana y su diversidad de códigos comunicativos.

El lenguaje da forma al mundo, lo configura y nos configura. Es importante tomar conciencia de que la progresiva relevancia de los saberes científicos y tecnológicos para la supervivencia humana conlleva, como “efecto colateral”, la primacía de los lenguajes conceptuales y de su criterio de “verdad”, de “saber”. En un proceso que ha ido dejando progresivamente al margen el “saber” propio de los lenguajes vehiculadores del valor, nos hemos ido volviendo analfabetos en relación a la capacidad de comprensión de los lenguajes no descriptivos. Y al perder las claves de uso y de interpretación de los mismos, calibramos sus mensajes desde la lógica de los conceptos y de las descripciones. Y no hay que decir que suspenden: un cuadro no es una buena radiografía, un mito no es una buena teoría, un poema no es una buena descripción, etc.

Recuperar las habilidades poéticas, metafóricas, simbólicas, se muestra como una necesidad para poder vivir el ámbito de la valoración; para poder percibir, para poder sentir, comprender, dar forma y comunicar el latir de la vida, su presencia, su valor. Y para poder recibir y enriquecerse con la experiencia valiosa de los demás, esa que en su momento fue expresada en código simbólico o metafórico.

Dos aproximaciones a la realidad: dos sistemas de comunicación

 Insistimos en ello. La comprensión humana de la realidad, de la existencia, se produce por dos vías complementarias: la mirada analítica y la valorativa. Son como dos ventanas abiertas a la realidad -escribía Jane Goodall. El ejemplo que ofrece Howard Gardner nos ayudará a sintetizar esas dos miradas junto con sus vías de expresión: En la medida en que un sistema de símbolos (como el lenguaje) se utiliza para comunicar un único significado de la forma más inequívoca posible, con alta posibilidad de traducción y resumen exactos, no funciona estéticamente. En la medida en que el mismo sistema de símbolos se utiliza de manera expresiva o metafórica, para transmitir una gama de significados sutiles parece apropiado afirmar que el mismo sistema de símbolos se está empleando con fines estéticos. El poeta y el periodista pueden describir la misma lanzadera espacial, pero los diversos usos del lenguaje llevan al poeta a explotar los dispositivos estéticos que tienen una limitada importancia para la labor que tiene asignada el periodista.[1]

1. Mirada descriptiva, analítica, conceptual:

– La que permite comprender mejor e interpretar ” cómo funcionan las cosas”. – Requiere: aislar, separar, abstraer, generalizar; fijarse en los rasgos comunes de las realidades y “encerrarlos” en conceptos. Captar las cadenas repetitivas para poder interpretar/predecir/aprovechar/gestionar… el funcionamiento de las cosas. – Es la que nos permite interactuar con el entorno (y con los demás). – Para la comunicación utiliza un “acuerdo lingüístico”, el lenguaje conceptual, mediante el cual se adjudican una serie de rasgos de significado a un paquete sonoro (la palabra); por este acuerdo, cada palabra reúne unos rasgos de significado, y no otros, en un campo semántico determinado. – En grado ” máximo” nos estaríamos refiriendo a la mirada propia de la tarea científica, la mirada que pasa por alto los trazos particulares de una experiencia, fenómeno o situación, para poder poner de relieve los rasgos generales y repetitivos. Forma parte de la cotidianidad. De no ser así no podríamos contar ni tan siquiera con unos ciertos patrones de actuación; en mayor o menor grado, ambas miradas participan de la vida cotidiana.

2. Mirada valorativa, mirada poética:

– La que constata la existencia de las realidades, toma nota, valora. – Requiere: atender, ni anteponer ni sobreponer análisis e interpretaciones a la realidad… sino captar, percibir, recibir noticia de su existir, de su latir… Sentir, percibir, recibir. – Recoge muy especialmente lo particular, lo excepcional de cada instante, de aquella realidad, de aquella existencia. – El conocimiento que genera no consiste en nuevos datos ni en una nueva interpretación, sino en la toma de conciencia del valor de los fenómenos, de las realidades, de los acontecimientos, de la existencia. Un conocer que –más que pensamiento– es valoración, experiencia, vida. – Un conocimiento que conlleva mayor conciencia del valor de la realidad pues invita a vislumbrar su hondura (fuerza, presencia, certeza, su latido…). Y de ahí que genere profundo respeto hacia lo que, aquí, existe: veneración, agradecimiento… que genera cuidado, saberse res responsables de todo lo que existe. – Para comunicar lo que se comprende desde esta aproximación (que es valoración, que es sutil, que es percepción del sentir…) se utilizan los mismos “paquetes sonoros” pero desde otro código. Se elige un “paquete” (una palabra) en base a alguno de sus rasgos de significado, un rasgo que guarda alguna similitud con lo que se ha podido captar en determinada situación, y que nos ayudará a expresarlo o a ponerlo de relieve. Este es el modo de operar del uso poético o simbólico del lenguaje. – Mediante este procedimiento, la realidad que aquella palabra designaba puede llegar a convertirse en símbolo (en representación o figuración) de esa otra realidad sutil, difícil de describir.

Algunas claves del código simbólico

Veamos un poco más cómo opera el lenguaje simbólico y así podremos movernos con más facilidad en el mundo de la metáfora, de la imagen, de la parábola, el mito.

La palabra poética empieza justo donde el decir es imposible. Consiste en romper las fronteras de lo imposible (J. A. Valente). Metáforas, alegorías, comparaciones, símbolos… todo son recursos para “estirar” el lenguaje intentando dar forma a lo sin forma. Esa es la aventura creativa -comentan Tàpies y Valente[2]-, ese adentrarse en la realidad, tanteando en la oscuridad; y cada arte extrae algo con sus instrumentos propios, da forma a lo que se intuye oscuramente, más allá de las palabras, inefable, como profundamente valioso; y dar forma es dar luz, lucidez, a lo que en un inicio era intuición oscura.

Poderse valer de los lenguajes simbólicos nos permite crecer en comprensión cualitativa, valorativa, así como poderla comunicar y recibir la comunicación de las vivencias de otros, en el pasado y en el presente. Familiarizarse con esas herramientas expresivas, desde los modos de cada una de las artes, y desde el lenguaje en su clave poética (en verso o en prosa), nos hace capaces de usar y de poder saborear formas de expresión que no comunican designando, sino “sugiriendo” (por medio de metáforas, juegos de lenguaje, etc.).

Pero, además, durante miles de años “comprender” la realidad equivalía a darle un sentido e interiorizarlo. Preguntarse por los “cómos” –por el funcionamiento, las causas, etc- no resultaba muy pertinente. Innecesario, realmente; pues era evidente que si las cosas eran como eran, era porque “Alguien ” (es decir, lo sagrado, en cualquiera de las formas concebibles) lo había establecido así. Pero si un fenómeno era como era, y no de otra forma, seguro que se podía extraer alguna lección para la vida; comprender la realidad equivalía a aprender a leer el libro de la vida; saber interpretar la lección que cada realidad encerraba para los humanos. Todo en el entorno nos habla de la vida y de la muerte, de cómo vivir y de cómo morir. Cualquier elemento del mundo natural puede convertirse en modelo y clave de comprensión de la vida.

Durante milenios comprender los procesos químicos de las hojas en otoño no tuvo el menor interés. Pero, en cambio, el porqué de todo, el sentido profundo de cada cosa, eso sí que había que indagarlo a fondo. Profundizar en su sentido, extraer lecciones de la “creación ” (de todo lo que existía por voluntad del poder del bien) para así desentrañar el sentido de la vida humana y orientar la conducta con acierto: éste era esencialmente el sentido de ” comprender”, de conocer. La caída de las hojas, la muerte aparente de los árboles, su renacimiento… nos enseñan, son modelo para los humanos, unos procesos que dicen mucho “más” que lo que nos pueda revelar su base bioquímica. La entidad de estos fenómenos -de cualquier fenómeno- sería inseparable de su significado profundo.

Surge ahí ese otro nivel del lenguaje simbólico: aquel que da forma y vehicula los modos en los que cada realidad puede llegar a expresar y hacer visibles aspectos sutiles, incorporando el sentido de los procesos y transformaciones del existir. Cada elemento de la naturaleza “dice” algo, a nivel simbólico. Y este “decir” tiene su propia gramática, sus propias reglas. En síntesis:

– Los elementos principales del despliegue simbólico de la realidad son los elementos básicos de la naturaleza: agua, aire, tierra, sol, luna, astros, fuego, montañas, los ciclos naturales (estaciones, noche- día), etc. – En el lenguaje conceptual, descriptivo, algo es lo que es y no otra cosa porque en algún punto puede establecerse la diferencia, aunque entre dos realidades pueda haber muchos rasgos compartidos. Es decir, “silla”: para sentarse, con patas, sin brazos, con respaldo; “taburete”: para sentarse, con patas, sin brazos, sin respaldo. El respaldo es lo que marca la diferencia entre silla y taburete, por mucho que compartan todos los demás rasgos. Un rasgo les distingue y les separa, el respaldo. En el lenguaje simbólico la lógica funciona al revés: se establece una equivalencia entre elementos que comparten algún rasgo. Basta un solo rasgo para poder establecer esa relación de equivalencia. Por ejemplo: luna = mujer = serpiente, equivalentes en tanto que comparten las transformaciones cíclicas (la serpiente también desaparece bajo tierra…); sol = fuego = llama = luz = saber… – Equivalencias y, al mismo tiempo, simultaneidad de los sentidos que revela. El díptico “luz-oscuridad”, por ejemplo, simboliza a la vez la aparición y desaparición de cualquier forma, la muerte y la resurrección, la creación y la disolución cósmicas, virtual y manifestado… sabiduría e ignorancia, bien y mal… Las equivalencias y la simultaneidad van extendiendo una trama de significación que entrelaza los distintos niveles de la realidad, desde lo físico a lo más sutil, desde lo cosmológico a lo humano, del macrocosmos al microcosmos, convirtiendo al ‘micro’ en espejo del ‘macro’ (o una muestra en miniatura). Cuantas más equivalencias puedan establecerse en torno a un elemento, mayor será el poder simbólico del mismo.

Como bibliografía de referencia para introducirse en la riqueza de la sintaxis simbólica, recomendaríamos, de entrada, a dos autores: Mircea Eliade y Gaston Bachelard. A pesar de su título, el Tratado de historia de las religiones de Mircea Eliade (ediciones Cristiandad), no es tal; en esta obra Eliade va siguiendo el simbolismo del sol, la luna, las aguas, la vegetación, las piedras, el tiempo, etc., en las distintas culturas humanas. Bachelard dedica una obra al simbolismo del fuego desde un enfoque psicoanalítico, otra al aire, otra al agua, también al espacio, a los sueños. Dos autores que nos ayudan a una toma de conciencia sobre la riqueza de la expresión simbólica y de su importancia en cualquier cultura humana. Y de ahí que concluyamos que no podemos permitirnos el lujo de marginarla hoy.

Sintetizando, símbolo es un elemento perceptible usado como representación o figuración de otra realidad, cuando se ha captado alguna similitud entre ellas. Los elementos pueden simbolizar rasgos contradictorios, de la misma manera que las contradicciones forman parte de la existencia. Cuanto más rasgos de significado revista un elemento, más fuerza simbólica tendrá.

La trama de significaciones cruza entre los distintos niveles de la realidad, también los humanos, integrando así la realidad humana en el seno de la totalidad; cada ser humano forma parte de una realidad más amplia, la sociedad, el cosmos, pero dentro de un orden coherente y significativo. La vida humana (y la orientación sabia de la vida) se interpreta a partir de la interpretación de los elementos naturales.

Las narraciones míticas se construyen en base al sentido simbólico de las realidades: lo exponen, lo desarrollan, lo utilizan, lo confirman, lo explican, extraen consecuencias… Un mito se desarrolla a través de un encadenamiento de elementos simbólicos. Si se le juzga como crónica histórica, o como teoría científica, no pasa el examen. Y enmudece. No es este el código de lectura que nos permite saborear su verdad. Hay que poderse situar ante un mito en la misma actitud con la que nos disponemos a escuchar música o acoger un poema. Entonces sí, el mito puede conservar su fuerza, ofrecernos todavía pistas, transmitirnos preocupaciones, vivencias, destellos, interrogantes y certezas gestados a lo largo de los siglos. Como decía Rumi (s.XIII) en relación a su obra magna: no he cantado el Mathnawi para que sea adorado sino para ponerlo bajo los pies y poder volar lejos con él

Conocer, como seres humanos que somos, tiene que ver con acercarse a la realidad desde las “dos ventanas”: desde la que es capaz de abstraer y conceptualizar, y desde la que por medio de la atención plena, del silenciamiento de las proyecciones y palabras, acoge el canto de la realidad, permite atisbar el profundo valor de toda realidad. Cuando estudiemos el sol, el mar, cualquier aspecto de la naturaleza, o de las sociedades humanas, no deberíamos olvidar ninguna de las dos ventanas, hay que dejar espacio y tiempo a ambas, en todas y cada una de las etapas. Y también a sus lenguajes propios, si no queremos que todo un ámbito de la experiencia humana de la realidad y de la vida quede despojado de vehículos de expresión y comunicación.

 Teresa Guardans

[1] Howard Gardner. Educación artística y desarrollo humano. Paidós, 1994. p.79. [2]Antoni Tàpies; José Ángel Valente. Comunicación sobre el muro. La Rosa Cúbica, 1998. 61 p.

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